EL FUTURO NO PUEDE SER UN PRIVILEGIO

Joaquin Olivera

9/28/2026

El futuro no puede ser un privilegio

Desde hace un tiempo escuchamos con bastante naturalidad frases como “los jóvenes no quieren laburar”, “los jóvenes no se esfuerzan” o “no tienen cultura del trabajo”, afirmaciones que en buena medida forman parte del modelo económico y cultural que algunos sectores intentan instalar y que tienen algo en común: ponen siempre el problema en el mismo lugar. Les pedimos a los jóvenes que estudien, que trabajen, que se capaciten, que sean independientes y que tengan paciencia, pero cuando hacen todo eso y aun así no pueden organizar su vida, independizarse o imaginar con cierta tranquilidad qué van a hacer dentro de algunos años, la explicación vuelve a caer sobre ellos. Les falta actitud, les falta compromiso, no saben aprovechar las oportunidades, tienen que aprender a emprender. Al parecer, lo único que nunca falta es una explicación para dejar intactas las responsabilidades de los demás.

Días atrás, leyendo dos notas publicadas en Le Monde diplomatique, “¿Qué futuro imaginan los jóvenes?”, de Pablo Vommaro, y “El derrumbe”, de Luciano Fabbri, Nicolás Pontaquarto y Ariel Sánchez, me quedé pensando en un problema que la política debería tomar mucho más en serio: qué pasa con una sociedad, y particularmente con sus jóvenes, cuando el esfuerzo deja de sostener una expectativa creíble de futuro y las dificultades que tienen causas colectivas comienzan a vivirse como derrotas individuales.

Durante mucho tiempo estudiar y trabajar estuvieron asociados a una promesa de progreso. El viejo presagio argentino de “mi hijo el doctor” probablemente sea una de las imágenes más claras de esa expectativa. Sería bastante injusto recordar aquel pasado como si las oportunidades hubieran estado repartidas equitativamente, porque nunca lo estuvieron, pero sí existía un horizonte alrededor del cual organizar expectativas, reclamar derechos y construir una trayectoria personal. Hoy esa relación está mucho más debilitada: tener trabajo puede no alcanzar para independizarse, estudiar puede ampliar las posibilidades sin garantizar estabilidad y ahorrar durante años puede no acercar demasiado a la posibilidad de una vivienda. Hacer todo lo que supuestamente había que hacer ya no permite anticipar qué viene después y esa pérdida de previsibilidad no es un problema menor, porque modifica la forma en que una generación piensa su propia vida.

También modifica nuestra relación con el tiempo. No dispone de las mismas posibilidades quién puede estudiar con tranquilidad que quien tiene que acomodar una cursada entre trabajos, viajes y responsabilidades familiares; tampoco quien puede equivocarse, abandonar una carrera, empezar otra o aceptar durante un tiempo un trabajo mal pago para ganar experiencia, que quien necesita que cada decisión que tome produzca un ingreso inmediato. Hay algo de la desigualdad que aparece ahí y que muchas veces queda afuera de nuestras discusiones: no solamente está desigualmente distribuido el dinero, también está desigualmente distribuida la posibilidad de esperar, de probar y hasta de equivocarse.

Por eso hablar seriamente de igualdad de oportunidades exige mirar cuánto tiempo puede dedicar cada uno a construir algo propio. Estudiar requiere tiempo, capacitarse requiere tiempo, buscar un trabajo mejor también; pero descansar, encontrarse con otros, participar de un club o de una organización, sostener vínculos o simplemente tener un momento para pensar qué queremos hacer con nuestra vida también requieren tiempo. Cuando toda la energía está puesta en resolver el presente, el futuro empieza inevitablemente a achicarse y ahí aparece una dimensión política del cansancio que me parece particularmente importante: se puede seguir trabajando, estudiando, pagando cuentas y cumpliendo obligaciones mientras, lentamente, se pierde la expectativa de que todo ese esfuerzo nos esté llevando hacia algún lugar.

Tal vez una de las consecuencias políticas más profundas de esa situación aparezca justamente ahí. Si durante años pedimos esfuerzo a cambio de una promesa y esa promesa deja de ser creíble, no podemos sorprendernos después por la distancia con las instituciones, como si la confianza pudiera reclamarse independientemente de la capacidad que esas instituciones tengan para modificar concretamente la vida. La confianza no se decreta y mucho menos se hereda.

En los varones jóvenes, además, este escenario se cruza con una exigencia particular que sigue teniendo bastante peso: demostrar que pueden solos. El mandato de ser proveedores, exitosos y emocionalmente fuertes continúa funcionando incluso cuando las condiciones para construir esa vida se vuelven cada vez más difíciles. Si buena parte del valor personal se deposita en la capacidad de resolverlo todo, quedarse sin trabajo, endeudarse, fracasar o necesitar ayuda puede convertirse fácilmente en vergüenza, y la vergüenza es muchas veces una barrera para hablar, reconocer que existe un problema y encontrar acompañamiento.

Esto exige particular cuidado porque las adicciones, las depresiones, los suicidios y las distintas formas del sufrimiento psíquico son fenómenos complejos que sería irresponsable tratar de explicar automáticamente por la precariedad económica o por un único mandato cultural. Pero reconocer esa complejidad tampoco debería transformarse en una excusa para sacar de la discusión las condiciones sociales en las que ese sufrimiento ocurre. Necesitamos poder hablar del trabajo, las deudas, los vínculos, las expectativas, la soledad y las formas de vivir la masculinidad sin reducir cada dificultad a una falla individual, porque las condiciones materiales quizás no alcancen para explicar el sufrimiento, pero claramente tampoco son ajenas a él.

En ese escenario, la promesa de salvarse solo encuentra un terreno bastante fértil. Cuando los caminos conocidos dejan de ofrecer respuestas, una salida rápida puede parecer mucho más creíble que un proyecto a largo plazo y, antes de burlarnos de quien deposita sus expectativas en un gurú financiero, un influencer que promete riqueza inmediata o un “cripto-brother” que le explica cómo convertirse en un ganador, quizás convendría preguntarnos qué experiencias concretas estamos ofreciendo nosotros para que una salida colectiva vuelva a resultar creíble. Porque hay algo que la política progresista debería haber aprendido hace tiempo: nadie reconstruye la confianza explicándole al otro que es un boludo.

Para quienes creemos que igualdad y libertad necesariamente tienen que ir de la mano, ahí aparece uno de los principales desafíos para pensar el futuro. Defender la educación y la salud pública, el trabajo con derechos o el acceso a una vivienda digna sigue siendo imprescindible, pero ya no alcanza con defender esas instituciones por lo que significaron en otro momento histórico; necesitamos discutir cómo responden a las vidas actuales. Defender la universidad pública también supone preguntarnos cómo hace para sostener una carrera un pibe que trabaja ocho horas y después cursa, del mismo modo que defender el trabajo implica discutir si tener empleo alcanza para organizar una vida y defender la salud pública requiere asumir seriamente los nuevos problemas vinculados a la salud mental. Si queremos que esas instituciones vuelvan a construir confianza, tienen que ser capaces de ofrecer respuestas concretas a problemas concretos.

Algo parecido ocurre con los clubes, las organizaciones barriales, los espacios culturales y estudiantiles. Siempre pensamos que esos lugares tienen una capacidad enorme para construir vínculos, generar pertenencia y hacer que una dificultad que parece estrictamente individual pueda encontrarse con otras experiencias y convertirse en una demanda compartida o colectiva. Eso también es política, pero para sostener esa tarea necesitan recursos, continuidad y políticas públicas, porque la comunidad puede acompañar, contener y organizar, pero no le corresponde cargar sobre ella la obligación de compensar cada ausencia del Estado.

Creo que recuperar un proyecto de igualdad en libertad implica, en definitiva, volver a hacer creíble el futuro. Que estudiar tenga sentido, que trabajar permita organizar una vida, que independizarse no sea una posibilidad reservada para quien tiene respaldo familiar, que equivocarse no sea un privilegio y que pedir ayuda no ponga en duda el valor de nadie. También implica recuperar una idea bastante sencilla que perdimos en medio de tanta explicación meritocrática: no todas las personas parten del mismo lugar y, por lo tanto, el esfuerzo nunca puede analizarse separado de las condiciones en las que ese esfuerzo se realiza.

Durante demasiado tiempo discutimos a los jóvenes preguntándonos qué les falta: compromiso, paciencia, cultura del trabajo, esfuerzo. Quizás sea hora de cambiar la pregunta y empezar a discutir qué sociedad construimos alrededor de ese esfuerzo, qué expectativas somos capaces de ofrecer y qué responsabilidad tiene la política en volverlas posibles.

Porque el esfuerzo ya lo están haciendo. Lo que debemos discutir de fondo es por qué, para tantos, sigue sin alcanzar.